Torres de control

 

Estrictamente hablando, una torre de control no es más que una estructura cuyo cometido es el de situar los ojos de un controlador aéreo a una determinada altura. Desde esa altura han de verse, de manera clara y sin obstáculos, fundamentalmente, sendas cabeceras de la pista de aterrizaje a la que dé servicio.

Las torres de control se han transformado en verdaderas señas de identidad de los aeropuertos a los que pertenecen, incluso de las ciudades en las que se sitúan.

¿Solo eso? Y, entonces, ¿por qué se las suele considerar edificios complejos, difíciles de concebir y solucionar?

En primer lugar, por su situación y la relación que guardan con el campo de vuelo del aeródromo en el que se sitúan. Su posición exacta viene dada por un riguroso estudio de visibilidad que garantice la visión de las maniobras de aproximación de las aeronaves, por supuesto el despegue y el aterrizaje, así como el tránsito por las calles de rodaje hasta llegar a la plataforma de estacionamiento. Sin embargo este edificio, por definición alto, no puede interferir con las superficies limitadoras de obstáculos de la propia pista. De modo que, siempre ha de considerarse un difícil equilibrio entre cercanía al campo de vuelos y respeto por su limitaciones, tanto físicas como radioeléctricas.

Una torre de control es un edificio tremendamente preciso. Lo contrario es caro y, por lo tanto, poco riguroso.

En segundo lugar, las torres han de ser estables, seguras. Y no me refiero solo a conceptos estructurales o de control de la intrusión, que por supuesto también. Me refiero, sobretodo, a una estabilidad desde el punto de vista del servicio.

Son las instalaciones de una torre de control las que realmente son complejas. A las habituales instalaciones de un edifico de “oficinas”, hemos de sumarle todo el equipamiento de navegación aérea que debe estar necesariamente duplicado, ser redundante. Y es que, por encima de todo, una torre no puede quedarse sin energía. Ha de contar con dobles acometidas, grupos electrógenos, SAI y, en general, un plan B (incluso C) por si una eventualidad de este tipo se da tanto dentro como fuera del recinto aeroportuario.

Una torre de control es un edificio robusto, redundante. Lo contrario no es seguro y pone en peligro, en última estancia, la seguridad de muchas personas.

Por último, una torre de control debe ser única e icónica. Hoy en día la arquitectura de las terminales se ha vuelto monótona, inmediata. Grandes estructuras metálicas soportan enormes muros cortina como elementos que conforman la práctica totalidad de los aeropuertos en la actualidad, en una competición por alcanzar el desafío tecnológico más exitoso. Al mismo tiempo, las torres de control se han transformado en verdaderas señas de identidad de los aeropuertos a los que pertenecen, de las ciudades en las que se sitúan. Seguridad, robustez, precisión, etc. son condiciones tan ineludibles para solucionarlas, como lo es colocarlas cuidadosamente en el lugar que las alberga. Al fin y al cabo, no son sino un programa más,que también debe dar respuesta al tradicional y viejo juego de la relación del artefacto con el lugar que lo recoge. Y desde luego no es fácil cumplir todo lo anterior y, además, encontrar una sensata singularidad que no la convierta en un simple capricho de diseño.

Una torre de control debe ser singular, única. Lo contrario es convertirla en “No Arquitectura” y, ¿quién la entendería entonces como una referencia que se clava en la memoria colectiva de millones usuarios?

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