El aeropuerto tiembla: lecciones de los terremotos de Venezuela y Colombia

La resiliencia de un aeropuerto no se mide únicamente por cuánto resiste, sino por su capacidad para volver a ser útil cuando el territorio más lo necesita.

Los terremotos que han afectado recientemente a Venezuela y Colombia han vuelto a poner sobre la mesa una cuestión fundamental para la planificación aeroportuaria: un aeropuerto no es únicamente una infraestructura de transporte. Ante una catástrofe natural, se convierte también en una pieza crítica para la respuesta y recuperación de un territorio.

El 24 de junio de 2026 Venezuela sufrió dos terremotos consecutivos de magnitudes 7,2 y 7,5 en el centro-norte del país. Los daños fueron especialmente importantes en el estado de La Guaira, donde se encuentra el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, principal puerta de entrada internacional del país y aeropuerto de referencia de Caracas.

El terremoto provocó daños en diferentes instalaciones aeroportuarias, incluyendo desprendimientos y afectaciones en edificios y sistemas, obligando a suspender las operaciones mientras se evaluaba la seguridad de las infraestructuras.

Colombia experimentó otro escenario el 10 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,4 y aproximadamente 110 kilómetros de profundidad, en Chocó. También hubo consecuencias para el sistema aeroportuario. Uno de los casos más significativos fue el Aeropuerto Internacional Matecaña de Pereira, donde se detectaron fisuras en la pista, problemas en las comunicaciones ATS y daños en la terminal y la torre de control. Otros aeropuertos pudieron recuperar progresivamente sus operaciones tras las correspondientes inspecciones técnicas.

Ambos acontecimientos recuerdan que los daños aeroportuarios no tienen por qué concentrarse en el edificio terminal. Una pista puede sufrir deformaciones o fisuras; una torre puede perder su capacidad operativa; y los sistemas eléctricos, de navegación o comunicaciones pueden quedar afectados incluso cuando los edificios mantienen su integridad.

Un aeropuerto es un sistema

Esta es una de las principales enseñanzas de ambos acontecimientos. La continuidad operacional de un aeropuerto depende de una extensa cadena de infraestructuras y servicios.

Pistas, calles de rodaje, plataformas, ayudas visuales, sistemas de navegación y comunicaciones, instalaciones eléctricas, combustible, torres de control, servicios de emergencia y accesos terrestres forman parte de un único ecosistema operacional.

La vulnerabilidad global puede encontrarse precisamente en uno de estos elementos. Una terminal puede permanecer estructuralmente segura y, sin embargo, el aeropuerto quedar inoperativo porque una torre de control ha sufrido daños, una subestación eléctrica ha dejado de funcionar o los accesos han quedado bloqueados.

Aquí adquiere también especial relevancia una disciplina que no siempre tiene suficiente visibilidad cuando se habla de desarrollo aeroportuario: la geología. Especialmente en territorios expuestos a actividad sísmica, conocer las características sísmicas y el comportamiento del terreno, la presencia de fallas, las condiciones geotécnicas, la susceptibilidad a licuefacción o la estabilidad de taludes resulta determinante tanto para seleccionar emplazamientos como para diseñar y ampliar infraestructuras. Incorporar el conocimiento geológico desde las primeras fases del desarrollo aeroportuario permite comprender mejor el riesgo y diseñar soluciones adaptadas a las condiciones reales del territorio.

De la resistencia a la resiliencia operacional

La ingeniería sísmica aeroportuaria debe, por tanto, superar el concepto tradicional de resistencia estructural y avanzar hacia otro más amplio: la resiliencia operacional.

No basta con que una infraestructura sobreviva al terremoto. Debe ser capaz de recuperar una capacidad mínima de operación en el menor tiempo posible.

Existe además una particularidad que diferencia a los aeropuertos de otras grandes infraestructuras: después de una catástrofe, su valor estratégico aumenta. Cuando carreteras, puentes o ferrocarriles quedan dañados, el transporte aéreo puede convertirse en una de las principales alternativas para introducir equipos de rescate, medicamentos, alimentos, personal especializado y material de emergencia.

El aeropuerto deja entonces de funcionar exclusivamente como infraestructura comercial para convertirse en una plataforma logística de emergencia.

Esto cambia una de las preguntas fundamentales del diseño aeroportuario. Ya no se trata solamente de determinar si el aeropuerto puede resistir un terremoto, sino de conocer qué capacidad operacional podrá proporcionar inmediatamente después del mismo.

En una primera fase ni siquiera es imprescindible recuperar toda la capacidad anterior. Un aeropuerto operando parcialmente puede tener un enorme valor estratégico si permite recibir vuelos sanitarios, equipos de rescate o suministros humanitarios.

Diseñar pensando en la recuperación

Este enfoque tiene implicaciones directas para los nuevos desarrollos y para la modernización de aeropuertos existentes.

La planificación debería incorporar escenarios de degradación operacional desde las primeras fases de diseño, identificando qué instalaciones son imprescindibles para mantener una operación mínima y qué alternativas existen cuando alguna de ellas falla.

La redundancia resulta fundamental: alimentación eléctrica alternativa, comunicaciones independientes, procedimientos de control de tránsito aéreo degradado o espacios capaces de asumir operaciones de emergencia pueden reducir considerablemente el tiempo de recuperación.

También son esenciales los procedimientos de inspección posteriores al terremoto. Pistas y calles de rodaje necesitan controles para detectar fisuras, asentamientos diferenciales o deformaciones. Lo mismo sucede con sistemas CNS, ayudas visuales, instalaciones eléctricas, terminales y torres de control. Tecnologías como drones, sensores estructurales, sistemas GIS o modelos digitales pueden acelerar estas evaluaciones.

La resiliencia debe plantearse además a escala de red. Si un aeropuerto queda fuera de servicio, es necesario conocer qué instalaciones alternativas pueden asumir parte de sus operaciones, qué aeronaves pueden recibir, qué capacidad de plataforma tienen, qué combustible y servicios están disponibles y cómo se conectan con el territorio afectado.

Aeropuertos preparados para un entorno multirriesgo

Durante los últimos años, buena parte del debate sobre resiliencia aeroportuaria se ha concentrado en los efectos del cambio climático: inundaciones, aumento del nivel del mar, temperaturas extremas o precipitaciones intensas. Los terremotos recuerdan que la planificación debe adoptar necesariamente un enfoque multirriesgo.

La estrategia pasa por anticipar las consecuencias mediante conocimiento geológico y geotécnico, diseño estructural adecuado, protección de instalaciones críticas, redundancia de sistemas y planes de continuidad operacional.

Los acontecimientos de Venezuela y Colombia ofrecen así una enseñanza que trasciende ambos países. La ingeniería aeroportuaria debe evolucionar desde el concepto de infraestructura resistente hacia el de infraestructura resiliente: aquella que no solo minimiza los daños, sino que está preparada para continuar funcionando y recuperar progresivamente su capacidad.

Porque después de una gran catástrofe un aeropuerto puede dejar temporalmente de ser una puerta de entrada para pasajeros y convertirse en algo mucho más importante: la infraestructura que permite que la ayuda llegue.

En ese momento, la medida real de su resiliencia no será únicamente cuánto resistió, sino cuánto tardó en volver a ser útil.


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